viernes, 1 de abril de 2016

Cuento 2

Salía apurada porque ya era tarde, pero como suele pasarme muchas veces tuve que volver a casa porque me olvidaba cosas arriba de la mesa. A 10 segundos del cambio de semáforo corro para llegar a subir al 59. Siempre analizo donde sentarme, por una cuestión de seguridad y comodidad .
Con poca carga en el teléfono me dispongo a mirar a mi alrededor. Quizás intuyendo que de algo interesante iba a ser expectadora.
Su mirada timida y su sonrisa llamaron poderosamente mi atención.
Ella morocha, de rulos y con un peinado en alto que despertó mi envidia ante mi pelo lacio y llovido, hablaba enérgicamente, con firmeza y seguridad. El rubio y de ojos claros, amándola en cada gesto y en cada movimiento. Por momentos el bajaba su mirada y sonreía, por momentos se la devoraba con la mirada. La escuchaba atento, cada palabra, cada detalle, tratando de no dejar de darle charla, de evitar silencios incómodos, de que el colectivo haga alguna maniobra brusca para acercarse a ella. La morocha miraba hacia delante prestando atención al recorrido del colectivo. El rubio no dejaba de mirarla, de admirarla, esa es la palabra exacta, admiración. Mi papá una vez me dijo: Enamorate de alguien a quien admires. Este era uno de esos casos, sin dudas. Era uno de esos amores silenciosos de palabras pero cargados de miradas expresivas.
Llega el 59 a Congreso y yo me bajo. Ella seguía concentrada en el viaje. El seguía concentrado en ella.

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